Cachivaches

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Vienen sudando los operarios con sus baúles y cachivaches, y “cachivache” es una palabra atinada, pues alberga en su interior un cierto ritmo ferroviario, un movimiento encendido y cadencioso que define con acierto el trajín que ocupa el escenario. Esta noche la plaza entera bailará al son de la orquesta pero ahora, con el sol aún en lo alto de un cielo azul enmarcado de banderines de colores, los músicos montan sus cachivaches.

En fiestas a cada rato suena música; las charangas rondan por las calles, en las bodegas se cantan jotas, los danzadores tocan las castañuelas y el aire se llena de recuerdos al paso de las dulzainas. Robert Browning dijo que “el que escucha música siente que su soledad de repente se puebla” por eso en fiestas debe sonar siempre alguna melodía. A mí me gusta especialmente el soniquete que atruena en las barracas, ese carrusel de estridencias flamenco-discotequeras que embota el entendimiento y se cuela por los sentidos como el aroma viscoso y denso de un perfume de imitación. Es una sensación narcótica y chispeante.

Se pone el sol, y mientras el escenario va cobrando forma recuerdo las palabras de un folclorista al que entrevisté. Había recorrido decenas de pueblos para hablar con cientos de ancianos y registrar en su grabadora canciones, dichos y chascarrillos que de otro modo habrían quedado para siempre en el olvido. Cuando mejor lo pasábamos –le contaba uno- era cuando venían los músicos al pueblo. Entonces sí que era fiesta. Pero ahora ya es como antes… ahora ya sólo cantan los aparatos. No le faltaba razón.

En la plaza canta el móvil de una chica. Su teléfono escupe el magistral tema Yo la conocí en un taxi y a su ritmo las amigas inventan una coreografía. Conmovedor. Su generación no ha conocido los tocadiscos, y tampoco las cintas de cassette que grabábamos con fervor furtivo. En casa había muchas, muchísimas, pero recuerdo con cariño la de la Mandrágora, un concierto de Sabina, Krahe y Pérez lleno de risas, humo, talento y ruido de vasos. Javier Krahe, ese Quijote rapsoda que se ha marchado a pelear con otros molinos, compuso después Asco de Siglo. En ella dejó esta frase premonitoria sobre los tiempos actuales: “podré hablar en chino con un cachivache”. El escenario está listo. Va a empezar la verbena.

Artículo publicado en Diario La Rioja

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