Capítulo cinco

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Llevo todo el día pensando en el capítulo cinco de Territorio Comanche. Todo el día dándole vueltas a ese texto de Arturo Pérez-Reverte sobre el horror. En realidad el libro entero es un álbum fotográfico sobre los horrores de la guerra, una obra que describe la manera en la que los hombres asoman su mirada al abismo de la muerte y la barbarie. Tengo el libro en la cabeza porque en un rato entrevistaré a Ayman, que ha mirado con sus ojos al horror, en la lejana Siria, hoy tan tristemente cerca.

Llega Ayman y trae encima una calma contagiosa, una serenidad reposada y llena de amabilidad. “Estarás harto de hablar de estas cosas” , le digo antes de empezar a grabar, y él, con un castellano algo precario y una voz tranquila y suave, responde “bueno, es normal, todo el mundo quiere saber cómo es la guerra, no pasa nada”. Con menos de treinta años dejó su casa y su negocio en Homs, dejó atrás también las balas y la muerte y emprendió un triste viaje que le llevó por Damasco hasta la frontera con Jordania y de allí a los campos de refugiados donde nació su hijo. Se le alegra la mirada cuando habla del pequeño y de su esposa, y cuando le pregunto por su pizzería. “Iba muy bien, muy bien, pero ahora ya… ahora ya, nada” y retorna en un instante al gesto serio, porque busca en un puzzle de palabras y no encuentra la que quiere. Ayman, que está ahora en un plató de televisión, mira sin ver a las cámaras, porque lo que ve es su pizzería en Homs, los sueños de una familia abandonados tras una verja llena de agujeros de bala. El negocio cerrado, las calles vacías y sembradas de cristales. A lo lejos, una bomba, “y la próxima… ¿caerá cerca?”.

Dice Reverte que el colmo de una guerra no es la sangre ni los muertos, que el horror es algo tan simple como la mirada de un niño o el gesto ausente del soldado al que van a fusilar. En la pantalla aparecen cientos de refugiados sirios en alguna frontera, hay barro y los niños lloran. Ayman mira y los ojos se le empañan, y entonces entiendo el capítulo cinco, porque “el horror puede vivirse o ser mostrado, pero no puede comunicarse jamás”.

Artículo publicado en Diario La Rioja

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