Historias de la frontera

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La primera vez que recuerdo haber cruzado una frontera fue estando de campamento. En mitad de la agónica ascensión a algún pico pirenaico, uno de los monitores se detuvo y dijo como si nada: “Chavales, estamos en Francia”. Los críos nos quedamos asombrados. “Francia…” pensaba yo mirando aquel valle mientras oía el tintineo de mi cantimplora colgando de la mochila. “Pues no hay tanta diferencia”, me dije, y continué la marcha. Tiempo después crucé más fronteras: Pasé el Check Point Charlie cuando ya no era más que una atracción turística del Berlín unificado y entregué mi pasaporte a ariscos funcionarios del otro lado del charco. En otra ocasión fue dentro de un tren en la frontera con Suiza. La voz del guardia por el pasillo era cadenciosa como una nana: “Passports, passports…”, decía como en un sueño. Cuando lo tuvimos encima su mirada de hielo nos despertó de inmediato.  Tuve la impresión de que los grupos de mochileros no eran cosa de su agrado. Ah… la famosa hospitalidad suiza.

Otra curiosa frontera, por invisible, la crucé en el Reino Unido; un amigo se fue de Erasmus a estudiar (ja) a la Universidad de East London y yo no dejé pasar tan afortunada ocasión, así que fui a visitarlo. El campus estaba en un arrabal de casas de viejo ladrillo rojo habitadas por gentes de Pakistán y Bangladés, indios Sijs con sus turbantes y población africana. El ambiente desde fuera era vivo y pintoresco, pero pronto se advertían las delgadas líneas rojas, ese cuento para niños de la multiculturalidad que no es sino un raro puzzle de piezas independientes y muy difícil encaje. Ahí comprendí que las líneas de los mapas se habían movido de sitio.

Cuando Sal Paradise y Dean Moriarty cruzaron la frontera de México estaban atónitos y maravillados. “Mira eso, no puedo creerlo, ¡debo de estar soñando!” decían con entusiasmo. Así plasma Kerouac en las páginas de ‘En la carretera’ la emoción que les produjo estar en el otro lado, pisar un suelo distinto, cruzar al fin la frontera. Sensaciones de otro tiempo. El mundo de hoy no es el patio globalizado de un feliz jardín de infancia; el mundo es una frontera entre Idomeni y las Islas Caimán, una barrera que va desde Molenbeek hasta la Calle Cigüeña. Hace poco la Universidad de East London   se mudó de barrio. Historias de la frontera. 

Artículo publicado en Diario La Rioja

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