La cata

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La gente observaba con ojos grandes y atentos. La cata había empezado, y sobre el estrado, un hombre muy entendido dirigía la ceremonia como un sumo sacerdote. Yo asomaba la cabeza por la puerta y lo miraba todo hipnotizado por ese ambiente solemne y ritual. No sé cuánto tiempo estuve así, pues una azafata, caminando directa hacia la puerta, me sacó de mi ensueño. “Me ha conocido de la tele”, pensé yo. Error. Error grave. La chica se me acercaba dando pasitos cortos y enérgicos y traía en la cara un gesto tan jovial como el de un sepulturero. Cuando estuvo ya bien cerca me dijo muy fríamente: “no se puede estar con la puerta abierta. O entra o sale”. El afecto en su mirada me hizo escoger la segunda opción, así que cerré y me fui de allí pitando, porque la cata estaba ya iniciada y yo sólo quería ver un poco el ambiente, meter la nariz un rato, pues las catas de vino me despiertan desde siempre una gran curiosidad.

Esto pasó hace unos días, y es que, aunque admito que lo único que consigo distinguir en un vino es si se trata de tinto o blanco, el mundo de las catas me fascina, creo que por su riqueza léxica y esa barroca profusión de matices sensoriales.

En mi vida sólo he participado formalmente en una, aunque he presentado varias y he visto muchas como espectador curioso. Aquella degustación analítica de vino a la que asistí tenía lugar en el salón de una bodega. Era un sitio agradable y acogedor al que sólo le faltaba una chimenea encendida para componer la escena de algún cuento navideño. Recuerdo que nos repartieron unos lápices y unos papeles para evaluar los caldos, y que el enólogo pronto atrajo todas nuestras atenciones, porque hablaba y se explicaba con gran desenvoltura. Yo estaba aturdido por los analgésicos, pues sufría aquellos días unos terribles dolores de muelas y tenía embotado el entendimiento por las medicinas y ese suplicio dental. Así, entre amodorrado y dolorido fui catando y apuntando. “Dice que sabe a cerezas, pues a cerezas” “Que este tiene más barrica, ah, claro.. era eso, más barrica”. Así me fui de la cata, pensando en tomarme otro ibuprofeno y con aquella frase de Hemingway en la cabeza “El vino es una de las cosas más civilizadas del mundo”. El vino, Ernest, y los antiiniflamatorios.

Artículo publicado en Diario La Rioja

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