París

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Una de las más exitosas campañas de marketing de la historia es la de haber bautizado a París como la “Ciudad de la Luz”. Hay varias teorías que tratan de explicar tan luminoso título. Unos dicen que procede del papel protagonista que la ciudad ostentó en la época de la Ilustración, aunque otras conjeturas señalan una explicación mucho menos metafórica, y remiten a las más de cincuenta mil lámparas de gas que alumbraban sus calles y avenidas a finales del siglo XIX; Haro, París y Londres, acuérdense. Pero el título se consolidó y no deja de sorprender, porque, como es bien sabido, el cielo en París acostumbra a ser tan brillante como el pelo mojado de un gato callejero. Bien lo saben los empleados de Eurodisney, fervorosos vendedores de paraguas y de capas impermeables.

He estado en París varias veces, la primera ocasión en un viaje de estudios y luego ya por fortuna cuando era un ser racional. Alguien debería escribir alguna vez sobre los viajes de estudios. Cincuenta fieras en plena explosión hormonal trasladadas por el mundo en autobús. A veces veo por las carreteras algún camión de los que transportan ganado porcino y recuerdo mi viaje de estudios. Hermosos días aquellos.

El caso es que la ciudad de la luz siempre me ha recibido con cielos grises como adoquines, pero hasta en los días más destemplados surge siempre un momento de luz que transforma la ciudad. Algunos atardeceres, por ejemplo, el sol se despide de París alineado con el Sena, bañando de luz naranja los puentes y las orillas y dándole a la ciudad un raro barniz dorado. “Sous le ciel de Paris s’envole une chanson”, y los muros de la Conciergerie, cobrizos como cerveza, se reflejan en el río por donde pasan los Batobuses. Al fondo resplandece como una brújula la Torre Eiffel, mientras en los puestos de flores y de láminas antiguas sonríen los vendedores, pues conocen que con sol los turistas se aventuran a comprar con gran apasionamiento.

La luz, sin duda, adora a París, acariciándola a ratos para convertirla en el lugar único que ocupa en nuestro mundo. Por eso nunca habrá allí tinieblas ni apagará nadie su bullicio y alegría. En aquel viaje de estudios nos contaron que París, como ciudad antigua que es, tiene su lema en latín. “Fluctuat nec mergitur”, es decir,  azotada por las olas, pero nunca hundida. Voilà.

Artículo publicado en Diario La Rioja

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