Recuerdos y trastos viejos

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El Café Moderno cumple este año su primer siglo de vida y es un acierto que los dueños hayan mantenido con pertinaz obstinación ese espíritu de café clásico tanto en la decoración como en el trato. Esa clase, esas maneras tras la barra son una cosa muy meritoria que siempre me recuerda a Mark Twain: “La buena educación consiste en esconder lo bueno que pensamos de nosotros y lo malo que pensamos de los demás”. Hoy en día esto se agradece mucho, porque la hostelería ha sido invadida por hordas de botarates que te atienden con desgana mientras bostezan y limpian un vaso.

Además de ese porte y esa compostura antigua el Moderno conserva una pintoresca colección de cachivaches que Mariano, su dueño, no duda en desempolvar a golpe de anécdota y memoria. “Esto es una vieja maquina registradora, ahí una cafetera, y al lado un aparato con el que antiguamente hacíamos nuestros propios refrescos”. Así, rodeado de trastos y fotos en blanco y negro me tomo un café con Mariano para hacerle una entrevista. Dice que los tiempos han cambiado mucho. “Aquí tuvimos la segunda televisión pública de la ciudad. Cuando toreaba el Cordobés o jugaba el Real Madrid la gente dejaba de trabajar para venir a verlos al café”. Fiel imagen de una época.

A mí lo que más me gusta es oírle hablar de los cacharros que almacena, porque los que somos adictos a las nostalgias encontramos en los trastos viejos las anclas de nuestra existencia, salvavidas que mantienen a flote los recuerdos y los guardan del olvido. “Cuando trajimos la máquina de enfriar bebidas fue una revolución, los camareros de entonces no se lo podían creer” -me cuenta- “y eso de ahí es un dispensador de gas en el que los clientes cargaban sus mecheros”. Hay también decenas de fotografías. Confiesa que la más especial es una que está a nuestra espalda en la que se ve a su abuelo, un joven muy elegante posando de camarero frente a un enorme espejo de Anís El Gato. Vuelvo la mirada y me descubro reflejado en el mismo espejo de la foto. Anís el Gato, y yo ahí, en pleno centro. Veo mi imagen como si fuera un fantasma, porque parece de repente una foto antigua, uno de esos retratos que se irán quedando sepia y que alguien mirará algún día.

Artículo publicado en Diario La Rioja

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