Yo los veo

losveo-240x300El sol se desdibuja tras un velo naranja en el cielo de febrero. La tarde tiene un aire extraño como de letargo febril y yo miro al hombre que se entrega a su tarea. Tiene medio cuerpo dentro de un contenedor de basura y busca entre los desperdicios algo que le sirva. Soy el único de toda la calle que le presta atención. El hombre es de origen africano, y yo pienso que quizás esta bruma sahariana le conforte el ánimo con la evocación de horizontes familiares, nostalgias antiguas y olores de la infancia. Quizás no se dé ni cuenta de esta calima, quién sabe.

El hombre negro suda y se ayuda de un largo listón que termina en una suerte de garfio con el que va haciendo presa de aquello que más le gusta; una caja de madera, la tapa de un inodoro, botellas vacías… He visto a otros con herramientas similares, palos de escoba para revolver o macutos y carritos donde transportan sus tristes recolectas. Yo siempre los observo un instante, me obligo a atender a su penosa realidad, tan invisible y callada como incómoda, aunque al final termino por bajar la vista para hacer algo tan urgente como contemplarme los zapatos o sacar el móvil, mirar la hora y volver a meterlo en el bolsillo.

Hace unos días en la calle más comercial de la ciudad vi a una mujer pidiendo. Lo hacía con un hilo de voz inaudible recosido de vergüenzas. Entre las manos sostenía un vasito de cartón en el que las pocas monedas que le iban dando caían con un eco perfectamente ridículo. Son transparentes, invisibles, se ha usado mucho esa metáfora, pero yo los veo, me fuerzo a mirarlos siempre, y por eso tecleo esta columna, porque creo en lo que escribió Martín Caparrós, que el periodismo no es sólo contar aquello que alguien no quiere que se sepa, sino “cada vez más contar las cosas que algunos no quieren saber”. En la misma calle comercial hay un hombre de rodillas. No hace nada, no protesta, sólo extiende una cartulina sucia sobre las baldosas y espera que le echen unas monedas. Alguien le ha dado una mandarina que destaca grotesca entre la escasa calderilla. Rodeada de monedas en el centro del cartón, la fruta reluce como el sol frío de un universo detenido.

Artículo publicado en Diario La Rioja

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s