Escenas de Cuba

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De Cuba la primera impresión es el olor, un aroma denso y grasiento a aceite de motor y a gasolina, a combustión antigua de coches de otras épocas. Ese olor te recibe al salir del aeropuerto y recorre las calles, flota por los edificios desconchados y se mezcla con el aire caribeño formando con el salitre del Malecón un bálsamo caliente y embriagador que envuelve la vida habanera. Tratar de entender Cuba es abrirse paso por esa neblina, algo así como intentar ver una película codificada en Canal Plus; se intuyen algunas cosas, se entrevén ciertas verdades, pero el relato completo de la realidad cubana se nos escapa.

A Cuba fuimos mi hermano y yo hace diez años, cuando la isla conmemoraba el ochenta cumpleaños de Fidel y los cincuenta del desembarco del ‘Granma’. Esto se celebraba en cada rincón de La Habana, una ciudad en la que a cada paso se descubre con melancolía lo extraordinaria que pudo haber sido. Y junto a esa hermosa decadencia que el español reconoce íntimamente, los carteles: “Viva Fidel, ochenta y más”, ”Hasta la victoria siempre”, “Patria o Muerte”, “Este país es militarmente invulnerable”, se lee en una gran pancarta cerca de la Plaza de la Revolución. En la inmensa explanada han puesto unas gradas de madera pintada de verde para algún discurso o desfile. Los edificios lucen unas gigantescas banderas cubanas que caen como cortinajes desde el tejado hasta el suelo. Nos hacemos unas fotos. Un soldado hace guardia junto a una garita de vigilancia. A su espalda la enorme cara del Ché le observa desde la fachada de Ministerio del Interior. Sobre la plaza desierta cae a fuego el sol del Caribe.

Durante una semana recorremos Cuba en autobús, en taxi, en coche particular, oímos su música en todas partes, visitamos paladares irregulares, nadamos en playas solitarias, callejeamos por barrios muy poco recomendables y sufrimos los apagones cenando en un restaurante de El Vedado. “Ya mismo vuelve la corriente”, nos dice la camarera mientras enciende velas en cada mesa.   En el Castillo de El Morro les caemos simpáticos a los vigilantes y nos dejan entrar a la cabina de control del faro. “Agarren eso para la foto”, nos dicen. Mi hermano coge el transmisor de la radio y yo el panel de control. En nuestras manos queda por un instante todo el tráfico marítimo de la bahía de La Habana.

Artículo publicado en Diario La Rioja

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