Silencio, se vuela

L-669x500

En el aeropuerto de Logroño – Agoncillo hay siempre un silencio pulcro, irreprochable, una quietud de sitio vacío que causa impresión. La poca gente que se aventura a pisar sus lustrosos suelos de mármol lo hace con un cuidado y un respeto enormes, con esa veneración un punto temerosa con la que se visita un museo o una antiquísima iglesia. Nadie se atreve a quebrar esa burbuja cristalina de paz, ese sosiego. Algunas veces aparece un pasajero o un miembro de la tripulación arrastrando tras de sí una maletilla sobre el despoblado espejo que es el pavimento de la terminal. Lenta, pesadamente, los ruedines van trazando un ronroneo fuera de todo lugar, una molesta estridencia que recuerda al ruido que hace un cuchillo al resbalar sobre un plato vacío. Al rato, cuando el intruso se sienta en una de las bancadas y se detiene el estruendo rodante de su equipaje, a uno le invade ese bienestar cálido y confortable que se siente cuando se cierra por fin un grifo que gotea. Entonces el aeropuerto se envuelve otra vez en el silencio, la atmósfera recobra esa vieja calma y la estancia, iluminada por las gordas columnas de luz que se derraman por sus cinco claraboyas, parece de nuevo un moderno y tranquilo claustro de granito y madera de cerezo.

Antes del amanecer los trajines en la pista son tan suaves, tan delicados, que tampoco rompen ese ensueño. Cada mañana el avión produce un zumbido delicioso, un dulce ronquido metálico bajo la torre de control y así, en la bruma gris del alba, el aparato es como un dragón de acero dormido a los pies de un gigante de piedra blanca. Dentro de las tripas del aeroplano los pasajeros ocupan unos pocos asientos y cuando al fin el aparato alza el vuelo lo hace despaciosamente, con tal indiferencia que parece cosa de magia. Si no hay un mar de nubes, por las ventanillas del lado izquierdo se puede ver muy abajo una cuadrícula de líneas iluminadas; es Logroño. Un cogollo prieto y desordenado marca el corazón espeso del Casco Antiguo y a su alrededor, igual que los largos tentáculos de un raro monstruo marino, se estiran las calles hacia todas partes como si la ciudad entera estuviera desperezándose. Y Logroño se despierta, mira al cielo y se pregunta “ese avión, ¿de dónde sale?”.

Artículo publicado en Diario La Rioja

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s