Sin glamour

glamur

Trabajar en este oficio le proporciona a uno satisfacciones muy exclusivas que básicamente consisten en tener el privilegio de estar al otro lado de una valla. Esto se da en encuentros deportivos, en campañas electorales y en toda clase de actos populares como conciertos o degustaciones; ahí acaba el privilegio. Yo siempre he querido traspasar la cinta de la policía justo después de algún crimen al grito de “¡soy periodista!” y entrar brioso luciendo en el rostro el gesto de suficiencia que tiene el ganador de una maratón al cruzar la línea de meta. Pero no. El área de los sucesos nos está prohibida, eso queda reservado para las series y el cine, como lo de pintar con tiza las siluetas de los cadáveres, pura fantasía. El romanticismo y las emociones de la profesión de reportero suelen ser cosa de novelas porque, como en cualquier ámbito de la vida, la realidad se empeña en teñirlo todo con su barniz de triste normalidad. Ya lo escribió Bukowski: “la raza humana exagera todo, sus héroes, sus enemigos, su importancia”. Una vez hice uso del confort que otorga llevar colgada una acreditación durante un entrenamiento de la selección española en Las Gaunas. Cuando accedí a la zona reservada para la prensa me dijeron que no había sitio para mí, así que tiré la acreditación a la basura y me colé en la única cabina que estaba desocupada, que era la de Al Jazeera: una mesa, dos sillas de plástico y cables sueltos; igual que en un palco VIP.

A donde sí he acudido muchos años como periodista es al reparto del pez para narrar desde dentro tan hermosa freiduría. Compartir un rato con este cenáculo de gente enamorada de su tierra y de su historia es una cosa muy interesante. Uno se cuela en su circulo pertrechado de un micrófono y pronto se contagia de esa camaradería. “Chaval, toma un jarrito” me dicen. “A ese, coge a ese, que es el cofrade mayor”. Nunca se agradecerá del todo a estos hombres y mujeres lo que han hecho por articular un cierto relato. Lo mejor es que los más pequeños han ido aprendiendo algo. “Hoy dan un pez porque cuando lo de los franceses, la gente de Logroño se escapaba por las bodegas y cogía peces del río para comer”, me responden cada año los chiquillos. Sin atisbos de glamur. La letra con hambre entra.

Artículo publicado en Diario La Rioja

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