Cazando tiempo

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El desconocido del asiento de al lado miraba disimuladamente la pantalla de mi cámara. Ya me había dado cuenta. En el autobús de vuelta a Dublín, revisando las fotos del día, me detuve en la que había hecho en Limerick. Unas nubes infladas y amenazantes se cernían sobre el castillo del Rey Juan. Todo se reflejaba en el agua helada del río Shannon, los nubarrones grises y crujientes, el torreón, el puente de piedra vieja. La foto era buenísima y yo la miraba una y otra vez. Al cabo de un rato el desconocido ya no pudo contenerse, giró un poco la cabeza y con esa simpática informalidad que tienen los irlandeses me preguntó qué truco había usado para hacer una foto tan buena. Yo le dije que había sido pura casualidad. Era cierto, pero no sé si me creyó.

Aquella foto perfecta había sido cosa de suerte. A veces ocurre ese milagro y sin que te des cuenta una imagen increíble se cuela por el objetivo. Le das al botón ignorando que has capturado un paisaje hermosísimo, un retrato extraordinario o una escena irrepetible. Ocurre por que sí, sin necesidad de talento ni preparación; es el consuelo que nos queda a los torpes. “La cámara casi nunca miente” -me dijo hace unos días Jesús Rocandio- “A veces sólo hace falta plantarla en la calle, porque por delante van a pasar cosas, va a ocurrir la vida”. Eso es lo bueno de escuchar a Jesús, que cuando habla de fotografía está contando la vida misma. “Para la famosa foto de Azcona le pedí que se pusiera de perfil y mirase lejos, largo, a la ventana. El retrato de Saramago – sigue Rocandio- lo hice en una azotea de Madrid el día del atentado en las Torres Gemelas. Saramago preguntaba ‘¿y si atacan también aquí?’”.

El tiempo no es más que presente y hacemos fotos para cazarlo. Vamos como Sísifo a la montaña, pero el instante se nos escapa, rueda la piedra otra vez y volvemos a subirla. Cartier-Bresson lo captó en ese hombre anónimo saltando un charco, Ramón Masats en aquel cura con sotana volando en la portería para alcanzar un balón. La vida, a veces, son tres jubilados subiéndose a una verja para ver un hundimiento. El pasado es polvo de ladrillos en el aire, y el futuro, un solar lleno de ruinas. Una vez, por un momento, el presente fue esa foto de Juan Marín.

Artículo publicado en Diario La Rioja

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