El frío

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Hablar del tiempo es casi como una droga, un vicio que se practica muchas veces de manera inadvertida. Esta adicción se parece a la del móvil; estás en el supermercado eligiendo entre los copos de avena o el muesli con chocolate y de repente te encuentras buscando en el teléfono un videoclip de Bobby Fuller. Así nos pasa con el tiempo, sobre todo con el malo; hablamos del frío que hace sin apenas darnos cuenta y a cualquier hora del día. Nos surge el tema de forma distraída, inexplicable, como el cigarro que brota por arte de magia en los labios del fumador. El mal tiempo es como el tabaco, una cosa perniciosa pero estimulante, porque recibir una ventisca en la cara o empaparse hasta los huesos hace que uno se sienta vivo. Hablar del frío nos revitaliza, aunque al magnificarlo todo y darle este aire dramático la dosis va a acabar perdiendo efecto. Iñaki Gabilondo ya lo dijo hace unos años: “A las olas de frío polar antes las llamábamos invierno”.

Cuando más frío he sentido yo en mi vida fue junto a mi novia Tania en la puerta de un taller mecánico en Rumanía. Allí estuvimos de pie, aguantando bajo cero en pleno mes de diciembre mientras esperábamos a que nos atendieran. Hora y media. El coche tenía un clavo metido en una rueda y con un soplidito inaudible iba perdiendo aire muy sigilosamente; no parecía del todo recomendable circular así por las carreteras heladas de Transilvania. Cuando al fin le tocó el turno a nuestro coche nos vieron tan congelados que nos metieron al interior del taller en un cuchitril oscuro y desordenado, un tugurio repleto de cachivaches donde sonaba música italiana de los 70 en un viejo magnetófono de bobina abierta. Si existe el paraíso se debe parecer bastante a la estufa de aquel cuartucho.

Aparte de los asuntos climáticos hay otras cosas que suelen dar mucho frío, como mirar la cuenta corriente. Y los libros. Hay libros que los coges de la estantería y ya los notas helados. A mí me ha pasado con ‘El río de la luz’ de Javier Reverte y con ‘Atrapados en el hielo’, el relato de la epopeya de Shackleton en la Antártida. Éste me dio tanto frío que una vez tuve que dejar de leerlo para buscar una manta y un radiador. Fue difícil, era a comienzos de agosto y yo estaba en la piscina.  

Artículo publicado en Diario La Rioja

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