La vieja ruina de siempre

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Las ciudades están llenas de andamios, de solares vacíos y edificios abandonados. Los recorremos a diario, apretamos el paso bajo las marquesinas y miramos de reojo esas parcelas desoladas cubiertas de maleza y de basura. Vemos estas cosas sin mirarlas, nos hemos acostumbrado a ignorarlas con la misma normalidad con la que se desatienden las molestias cotidianas: el pequeño roce de la puerta contra el suelo o el rayón en la pantalla del móvil. Yo miro estos andamios muertos y los solares abandonados por los que se van desangrando las ciudades y me pregunto un poco lo de Vargas Llosa en ‘Conversación en la Catedral: ¿en qué momento se jodieron nuestras calles?.

Hay andamios que engañan al visitante porque no anuncian una reforma inminente, sino que permanecen durante años sosteniendo las fachadas como las muletas aguantan los cuerpos de los moribundos. Esos andamios enraízan en las aceras y se quedan para siempre. Aparecen una mañana como si tal cosa y, cuando el primer día pasas por debajo, ves sus patas de acero tan agarradas a las baldosas que sabes que va para largo. Van transcurriendo las semanas y los meses, tú caminas diariamente por debajo del andamio y al final aceptas esos hierros como parte del paisaje. Con los años te acostumbras a su presencia sombría y dominadora, y el día que por algún raro milagro quitan el andamiaje y arreglan la calle, se descubre una fachada limpia, moderna, brillante. “Qué bonito”, piensas, mientras -sin saber muy bien por qué- estás echando de menos la vieja ruina de siempre.

Un amigo arquitecto recibió hace años la visita de varios colegas foráneos y, dando todos juntos un paseo por el Casco Antiguo de Logroño, estos forasteros se iban quedaban admirados: “¿Pero esto qué es? ¿es por la Guerra Civil?” preguntaban ante tanta decadencia; los arquitectos no entendían tanto agujero, tanta hundimiento, tanto solar vacío. Quizás, si somos listos, podamos algún día organizar un cierto turismo de la desolación y llenemos autobuses para que la gente admire nuestras ruinas cotidianas con la nostalgia y el morbo con los que los visitantes contemplan lo que queda del gueto de Varsovia o los restos bombardeados de la iglesia del Kaiser Guillermo en Berlín. Igual hacemos negocio.

Artículo publicado en Diario La Rioja

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