Desconocidos

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Basta con retrasarse un minuto para que todo se desordene, pero si salgo puntual de casa sé que voy a cruzarme con los desconocidos de siempre. Maquiavelo decía que donde hay buena disciplina hay orden y buena fortuna, y así hay que empezar el día.

Si voy puntual, mi encuentro con los desconocidos se cumple con rigor  matemático, es ley. Primero están los de la cafetería, tres, siempre en la puerta de un bar que tiene una repisita en la ventana donde apoyan los cafés. Van trajeados, fuman y charlan con esa jovialidad que tienen los niños en el patio antes de empezar las clases. Supongo que hablan de las típicas banalidades de bar: fútbol, política… Este invierno durante varias semanas faltó uno de ellos y me tuvo preocupado. Por suerte regresó pronto y todo se recompuso. Cuando los supero, a la altura del cajero, viene siempre la mujer de las zancadas. Suele vestir chaquetones largos que suenan al compás de los pasos gigantes que pega. Las manos en los bolsillos, el andar recto, zancudo, contundente: “Fffrrr, fffrrr, fffrrr, fffrrr”… Pasa por mi lado dejando colgado en el aire el zumbido apergaminado de su ropa. Más arriba, cerca de la frutería, anda la señora de las gafas que suele ir a toda prisa, y por el paso de cebra aparece habitualmente el chico de pelo largo. Algunos días fallan a su cita, a veces no está el señor del banco, o no veo por ningún sitio a la chica de los perros. Esas mañanas te preguntas si no están porque se han muerto o es que han cambiado de ruta, lo que sería mucho peor.

Porque lo que desconcierta es coincidir con ellos fuera de esta rutina. Un día me encontré firmando unos documentos junto al tipo alto con el que me cruzaba mañana tras mañana. Resulta que era notario. Los dos nos reconocimos pero no dijimos nada, sólo hicimos el papeleo. Ahora cuando nos vemos nos saludamos cortesmente. Es un gesto breve, mudo pero cordial; nos miramos desde lejos y al cruzarnos alzamos un poco las cejas. Es un saludo menguante y cada día más débil. Creo que ambos deseamos una cosa imposible, que llegue la mañana en la que ya no haya saludo y podamos ser de nuevo sólo dos desconocidos.

Artículo publicado en Diario La Rioja

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