Bestias

B

Durante las vacaciones nuestra abuela nos daba de merendar a mi hermano y a mí y luego los tres juntos veíamos toros en televisión. Una de esas tardes los amigos entramos a la tienda de chucherías y vimos cómo un toro le partía el pecho a Manolo Montoliú. Las moneditas de peseta y los duros se nos quedaron bailando en el mostrador. Después los chavales cogimos las bicicletas con silenciosa seriedad de adultos y una lección aprendida: los hombres también morían en la plaza.

El toro es un animal extraordinario porque presenta batalla sin huir, empujado por el arrebato noble y primitivo de entregarse con bravura hasta el final. El animal debe morir, el hombre sabe que se juega la vida. Lo dejó dicho Fandiño: “Si he de morir, moriré libre y con las botas puestas”. Fandiño sabía que la lidia es como la vida, una danza permanente con la fatalidad, hay que pegarle muletazos a las sombras, continuar la pelea, mirarse las cicatrices y seguir para adelante.

Hace 3.000 años los cretenses ya entendieron la trascendencia de esta ceremonia, la metáfora que representa la lucha del hombre y el toro y por eso la pintaron en las paredes del Palacio de Cnosos. Mucho después Goya, Picasso, Orson Welles, Dalí, Chaves Nogales, Hemingway o García Márquez vieron lo mismo que entonces, que este viejo rito es un espejo de nuestra existencia porque en el ruedo sucede todo y sucede de verdad; ahí están la vida y la muerte bailando alrededor de un capote. García Lorca fue claro: “Creo que los toros es la fiesta más culta que hay hoy en el mundo, es el drama puro”

No sé qué es una chicuelina ni una media verónica, pero reconozco ese poso mítico que tiene la tauromaquia. También sé que mucha gente la rechaza porque sólo alcanza a ver a un animal que muere, pero nunca entenderé a esas otras bestias miserables que se alegran de la muerte de Fandiño, los mismos que celebraron la cornada letal a Víctor Barrio. Insultad a los muertos si queréis, bailad sobre la sangre caliente del hombre herido, burlaos del niño enfermo de cáncer que soñaba con vivir y ser torero. Hay más nobleza en el corazón gigante de un toro que en cualquiera de vosotros.

Carlos Santamaría – Artículo publicado en Diario La Rioja

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