Ingratos

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La desmemoria es siempre una tentación, porque para hacer hueco a los nuevos asuntos hay que dejar la cabeza aireada, libre, abrir las ventanas de la mente y limpiar el disco duro de todo lo que moleste y sea inconveniente; el cerebro funciona así, reciclando a cada rato, haciendo continuamente borrón y cuenta nueva. Lo ponía José Hernández en boca de Martín Fierro: “olvidar lo malo también es tener memoria”. El problema viene cuando, para abrazar a las nuevas obsesiones, hay que deshacerse de cuestiones primordiales. Mal negocio. Pasa mucho en el fútbol, territorio en el que impera el olvido. A Zidane lo querían despedir antes de ayer tras el mal inicio liguero. Dos malos partidos y ya se veía a alguna gente afilando las navajas a la vuelta de la esquina. Brillaba el frío metal en el callejón de los ingratos. De repente nos habíamos olvidado de que este tipo acaba de ganar una Liga y dos Champions consecutivas. El aficionado es olvidadizo por naturaleza.

Para ser fanático del fútbol, como de cualquier otra cosa, hay que ser un desmemoriado, algo de lo que en España somos altamente competentes porque, como somos un país de tercos y de exaltados, nos hemos encargado durante siglos de borrar nuestras grandezas para hacer sitio a las miserias de cada momento. No conocemos la Historia, ignoramos a nuestros héroes y nos avergonzamos de sus gestas, empeñados como estamos en autodestruirnos.

Hoy en Cataluña insultan a la Guardia Civil, rodean sus coches y acosan a los agentes desplazados hasta allí en una misión impropia de una sociedad avanzada: hacer que se cumpla la ley. Los que hoy les difaman y les gritan que se larguen olvidan que estos trabajadores son los mismos que cada verano vigilan el tráfico en la operación salida hacia las playas catalanas, los que acuden a rescatarles en helicóptero cuando se pierden en el Pirineo, los mismos que hace días perseguían a los terroristas tras los atentados de Barcelona. Estos son los agentes a los que la tropa estelada lanza ahora sus salivazos independentistas, los mismos guardias civiles que hace 30 años ayudaron en el infierno de Hipercor, los que poco después sacaban en brazos a sus propios hijos muertos de la casa cuartel de Vic.

Carlos Santamaría – Artículo publicado en Diario La Rioja

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