Juguetes rotos

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Hay un raro magnetismo en el espectáculo que nos proporcionan los famosos cuando se empeñan en emprender el camino hacia la autodestrucción. Ahora es Jan Ulrich, ex ciclista de éxito mundial, emblema de la Alemania reunificada y ejemplo de sacrificio quien se dirige al desastre. Ulrich, que creció en una familia rota en Alemania del Este y superó todos los obstáculos hasta saborear el almíbar de la gloria, demuestra lo que pasa algunas veces: que subir muy alto y tocar el sol con las yemas de los dedos puede terminar por abrasarte. Queda ahora la contemplación de su caída, el desmoronamiento del mito y, como el desplome es público, flotará entre el polvo del derrumbe la duda de siempre: ver si el personaje es Ícaro o Ave Fénix.

El perdedor nos cautiva porque el fracaso es algo que sentimos cerca; comprobar que el espejo en el que brillan los ídolos es tan quebradizo como el nuestro es una suerte de consuelo, aunque sea un consuelo triste. La ficción ha aprovechado bien ese hechizo del fracaso con personajes desolados que proyectan sus sombras desde las pantallas o las páginas de un libro, tipos llenos de cicatrices invisibles de los que es fácil encariñarse. Hace poco terminé `Pasado perfecto’ de Leonardo Padura, un libro lleno de perdedores como ’El flaco Carlos’, un tipo gordo que consume sus días en casa de su madre, postrado en una silla de ruedas, fumando y bebiendo ron junto a su amigo Mario mientras escuchan música en un viejo tocadiscos y desempolvan nostalgias olvidadas.

Algunos juguetes rotos, si se rompen de la manera precisa, alcanzan una especie de gloria final en la que se mantienen eternamente; es un limbo en el que reina Elvis Presley. Otros, por fortuna, no terminan de romperse nunca. Ocurre con Maradona, al que una tropa de desalmados lo mantiene en ese penoso estado desde el que pueden seguir parasitándolo. Este verano lo vimos desatarse en un palco del mundial. ‘El Pelusa’ gritaba, saltaba, se abrazaba y, aunque miraba al cielo de San Petersburgo, en realidad se asomaba al abismo de sus infiernos. Cuando se alcanza un éxito tan desmesurado tiene que ser complicado mantener la cordura. Entonces cobra sentido esa letra de Waylon Jennings: “Siempre he estado loco, eso me ha servido para no perder la cabeza”.

Carlos Santamaría – Artículo publicado en Diario La Rioja

 

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