Saber perder

SSSSS

Hubo algo penoso en la rabieta de Serena Williams en la final del US Open. Serena (hermoso nombre) montó una escena de lágrimas y pataleos, una comedia de las de vergüenza ajena, como esos borrachos que gritan y despotrican de madrugada a la luz de las farolas. La tenista hizo el ridículo porque antes de perder el partido ya había perdido los papeles, que es una derrota mucho más inconveniente. Serena rompió la raqueta, gritó y llamó ladrón al juez de silla, demostrando una vez más que la facultad de perder bien, con educación y elegancia, no está al alcance de cualquiera. En mitad de su berrinche la tenista sacó el comodín del feminismo. Escudarse en el machismo, señalar a una vieja conspiración patriarcal que ataca sin descanso a todas las mujeres del planeta es una práctica muy de moda. Lo hizo también la ex ministra Montón, otra reciente derrotada. En las 48 horas que duró su agonía política achacó las irregularidades de su máster al gran esfuerzo que le supuso sacarse el título estando embarazada.

Es entrañable ver cómo procesionan los muertos políticos, enternece verlos hacer el ridículo sin que nadie de su confianza les mande un whatsapp que les diga “Ya vale, es mejor que lo dejes”. Deberían acordarse de Miguel Induráin en aquella Vuelta del 96, cuando se bajó de la bicicleta en Cangas de Onís y dijo “hasta aquí hemos llegado”.

Carmen Montón iba desfilando ante los micrófonos y a cada frase que decía se le iba poniendo más cara de difunto. Son cadáveres andantes pero ellos no lo saben, se empeñan en seguir vivos, como cuando Cristina Cifuentes grabó aquel vídeo diciéndole al mundo: “No me voy, me quedo, me voy a quedar”. Cifuentes sonreía mucho, los pendientes brillantes le bailaban en las orejas mientras los ojos se le iban arrugando en una de esas muecas de exagerada felicidad que se acaban convirtiendo en una cosa siniestra. Màxim, Cifuentes, Montón… todos se agarran al atril como el náufrago se aferra al trozo de madera. De entre la colección de incongruencias que dijo Carmen Montón hay una que sí es verdad: “No todos somos iguales”, declaró ante la prensa. Los alumnos de la Universidad Rey Juan Carlos están de acuerdo con ella.

Carlos Santamaría – Artículo publicado en Diario La Rioja

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