Números

NUM

Unas de las cosas insospechadas que me ocurrió durante los años que trabajé en la radio es que me pasaba los días haciendo sumas, restas y cálculos mentales. La radio en directo es un juego contrarreloj, por eso a cada rato el técnico de sonido me encontraba tras el cristal entornando los ojos y silabeando palabras imposibles, susurros que no salían de la boca: “Son y cuarenta y tres, o sea, quedan diecisiete minutos y falta de meter un bloque de publicidad de tres minutos, diecisiete menos tres, catorce… y la agenda del final que está grabada dura dos y medio… catorce menos dos y medio… tengo once minutos y medio para la entrevista”. Así durante años, un día detrás de otro. Hay que avisar de esto a los incautos alumnos de Periodismo que, como me pasó a mí, entran a la facultad frotándose las manos porque creen que por fin las matemáticas y sus vidas toman senderos distintos.

Se suele pensar en esta profesión como un paraíso de las letras, pero es todo lo contrario. Aquí los números también imponen su tiranía y hay que acomodarse al látigo. Vivimos entre encuestas, titulares a tres o a cinco columnas, sondeos, recuento de votos, minutos de publicidad, presupuestos, balances e índices de audiencia; los números acompañan al periodista como las ampollas al peregrino. En este punto, por ejemplo, la columna contiene 232 palabras que llenan poco a poco el espacio de la página. Ahora son ya algunas más, naturalmente, y espero no sobrepasar el límite que me indican cada semana. Saber dónde está el límite es otra de esas cosas que debe conocer el periodista, para cruzarlo de vez en cuando.

En ‘La Mejor Venganza’ de Joe Abercrombie, el personaje llamado Amistoso sólo encuentra consuelo en la placidez de los números. En medio de una batalla, Amistoso se calma contando los cadáveres del suelo, las lanzas de los caballeros o el número de cuervos que sobrevuelan el humo de los incendios. Lo recordé hace días, cuando fui a una convocatoria en la Universidad. El rector es catedrático en Ciencias de la Computación, así que cuando se marchó la gente me acerqué a él y le pregunté sobre la hipótesis de Riemann. No entendí casi nada, pero me pasó como a Amistoso; escucharle resultó un bálsamo.

Carlos Santamaría – Artículo publicado en Diario La Rioja

 

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